viernes, 4 de marzo de 2011

CARTA PARA NO LEER




Querida mía:
Quisiera que al leer esta carta, mis palabras abrasaran tus pupilas y que tus miedos mancharan los espejos. Si las horas ya perdidas en las sombras del recuerdo regresaran, desearía verte una vez más consumida en la demencia de tus pasiones y no podrías negar mi participación entre aquellos que saciaron tu voraz apetito. Añoro tus desvaríos, porque fueron sentimientos que nunca conocieron la inocencia.
Esta carta pudiera ser una comunión de largas moralejas, pero no, la intención de mis palabras no son esas. Es más un asalto a tu sensualidad, el deseo de penetrar por tus ojos y despojarte de tu frígida apariencia. Es una carta de amor a la amante, a la mujer cuya impúdica esencia asedia y somete sementales con promesas sin mañanas. Aún así, en esta última hora, te escribo sin menguar la distancia porque ya solo me queda el alma y esta maldita rabia que se marchita en la espera mientras yo sigo soñando que llegarás a tiempo para morir conmigo.

lunes, 17 de enero de 2011

DOS HISTORIAS EN UNA `...



Le ofrecí un cigarrillo, el levantó la cabeza y me miró. Sus ojos tenían ese aspecto mohoso y cansado que no parecía enfocar la realidad. Sentado allí, contra el muro de la iglesia tocando la guitarra daba una impresión de conformidad, de estar perdido en su propio fracaso. Pero aquél hombre, bien sabía yo, había sido uno de los más distinguidos compositores de música rock en los años sesenta en Inglaterra. Tomó el cigarro, lo colgó de una esquina de su boca y continuó rascando las cuerdas de la guitarra.
Me senté a su lado y casualmente le pregunté:
—¿John?
No recibí respuesta ...
—¿John Kerry? –insistí-. Me acuerdo de ti, mi padre me llevó a ver aquel increíble concierto en Londres en el sesenta y tres cuando presentaste por primera vez tu famosa balada “Christ for all”.
Dejó de tocar la guitarra, levantó la cabeza para mirarme y una leve sonrisa se asomó a sus labios.

—“Chris for all” — rezongó mientras rascaba las cuerdas del instrumento. Pausó un momento para tragar en seco y continuó en un tono de voz muy bajo como si estuviera hablando consigo mismo-: ¿Dónde estaban ustedes cuando Felicia pidió ayuda?

-¿Felicia?– le respondí algo confuso, ya que no reconocía ese nombre.

-Felicia Carwight. El Ángel – añadió él sin levantar la cabeza.

Recordé entonces que se estaba refiriendo a la famosa cantante inglesa que formó parte de su banda en aquellos años. Una de las pasiones de mi padre quien en su juventud fuera un fanático de la música rock. Entre sus favoritos, “John Kerry y su Mantra”, como entonces se llamaba el grupo, ocupaba un lugar de preferencia.

– ¡Ah sí, ya recuerdo!– aventuré-. Formaba parte de tu organización y por cierto, un poco después de aquella gira, dejó el grupo y no tardó mucho en convertirse en una solista muy cotizada. Si mal no recuerdo, desapareció en el apogeo de su carrera y nunca más se supo de ella, como si se la hubiera tragado la tierra.
Por primera vez, John me miró directamente a los ojos. Me sorprendí al verlo tan de cerca. ¡Cuánto había envejecido! Los estragos del tiempo o la mala vida estaban ahí, repujados en su rostro curtido.

–Escucha, como te llames –comentó John mientras continuaba acompañándose con una música de fondo-. Te voy a contar una historia de la vida real. Algo que sucedió hace un tiempo; algo que ni tú ni tu padre le hubieran prestado la más mínima atención aunque hubiese sido noticia de primera plana.

Entonces sus dedos bailaron con más fuerza sobre las cuerdas y comenzó a contar ....

Me miraba con aquellos ojos biliosos flotando en el humor amarillo que inundaba sus cuencas profundas. Al verme, trató de sonreírse pero en vez, me regaló una mueca. De los extremos de sus labios agrietados escapaban hilos de espesa saliva en burbujas malolientes. Corrí a socorrerla, la limpié lo mejor que pude y besé su frente. Inconscientemente me apoyé en su pecho y de la turgencia de otros tiempos quedaba una gelatina de pellejo que cubría el costillal de su caja toráxica.

Fue mi amante por más de una década. Ahora moría la muerte que ella misma había elegido. Ahora estaba pagando la deuda de tantos años de concupiscencia en el “village” de Nueva York. La droga, la comuna, la insaciable búsqueda de nuevos placeres habían horadado el camino por donde las consecuencias de aquella buena vida ahora regresaban a cobrar su precio. Ya no quedaban defensas fisiológicas en el guiñapo de su cuerpo. El SIDA la devoraba impunemente en el silencio interno de sus células. Ésta era nuestra despedida. Su médico de cabecera, a la entrada, me surró al oído que no vería otro amanecer.

Colgué la guitarra alrededor de mi cuello y tantee las cuerdas para arrancarles aquella melodía que tantas veces compartimos a la luz de las velas en la escalera de emergencia de la calle Mulberry en el “village”. Ella trató de acompañarme como entonces lo hacía. Pero sólo sus labios resecos y agrietados se movieron al compás de las notas de la guitarra persiguiendo mi voz trémula en harmonía con las lágrimas que me nublaban los espejuelos. Entre estrofas, le conté historias de aquellos tiempos, de nuestros éxitos cuando hacíamos música. Le hablé de los que compartieron nuestra cama y de la experiencia en “woodstock” cuando nosotros y otros miles de “flower children” se unieron en la más apocalíptica aventura de los años sesenta.

Seguí arañando las cuerdas después de que ella había escapado a mejor mundo. En ese místico momento, la mueca desapareció de su rostro y la primavera de la sonrisa de otros tiempos se retrató otra vez en su semblante. Dejé de tocar y la besé en los labios. Monté la guitarra a mis espaldas y me alejé por el pasillo del hospital cargando un manojo de memorias mientras tragaba en seco la amarga realidad de que también, mi vida se estaba apagando.


-Ese es el capítulo final de su historia, “como te llames”– me increpó con sarcasmo–. Me lleva ventaja la guarra, pero no mucha.

Carraspeó varias veces y escupió parte de su alma en las escaleras de aquella iglesia.

Tiempo no le sobra, me dije.

Marco Antonio

martes, 30 de noviembre de 2010

TIEMPOS CUBANOS -En dos palabras



ÁGIL – MERCADO
Cursé el tercer grado en una escuelita primaria de la ciudad de Guantánamo que entonces era un pueblecito de a penas doscientas personas localizado en la región oriental de la isla de Cuba. Un timbre eléctrico nos indicaba la hora en que terminaban las clases y antes de que sonara por tercera vez, ya todos estábamos en el patio formando una fila india para salir a la calle. Lo primero que hacíamos era quitarnos los zapatos porque los de ir a la escuela eran, para la mayoría de nosotros, los únicos que teníamos y casi nadie en esos tiempos usaba calcetines porque en el trópico te sudan mucho los pies. Había pocas calles pavimentadas y muchos prados sin cultivar donde pastaban las vacas y los chivos. Cruzábamos aquellos espacios a toda carrera sin preocuparnos donde pisábamos. Había que ser muy ÁGIL para evitar las plastas de la mierda de vaca, de lo contrario era obligatorio una desviación al MERCADO para lavarnos los pies en la pileta pública antes de regresar a casa.


CARMELITA - REQUESÓN
Para la gente en Cuba CARMELITA es un color o una orden religiosa, también el nombre de una mujer. Yo conocí a una niña que así se llamaba y era tan fea y cutre que nadie hacía amistad con ella. Lo que en realidad detestábamos era el hedor de su cuerpo, olía a queso, pero nadie se atrevía a decirlo porque tenía un hermano tan grande, tan loco y tan apestoso que inspiraba terror. Apestaba igual o peor que ella. Entre los más listos, los aceptados socialmente en la clase de tercer grado, cuando nos referíamos al hermano de Carmelita, naturalmente a sus espaldas, le llamábamos REQUESÓN. Han pasado muchos años desde entonces y dado lo mucho que me gusta el sabor de ese queso ahora, me pregunto si yo hubiera desarrollado esta afición entonces, quizás seríamos amigos. En esos tiempos me consideraba el defensor de lo incondicional e indefendible y sin dudas, me hubiese cambiado de bando.


ENCICLOPEDIA - INFIEL
No existen palabras, frases o definiciones eruditas que describan satisfactoriamente la palabra INFIEL. La ENCICLOPEDIA y el diccionario reconocen que existe la condición, pero siempre queda un resquicio por donde se filtra la duda: ¿Es la infidelidad producto de una insuficiencia genética? ¿Será ese algo que sospechamos aprisionado en el subconsciente lo que nos permite cabalgar lo ajeno? Quizás sea una oscura costumbre cuyo origen es tan fundamental como arcaica y se remonta a los tiempos en que tomamos la bifurcación que nos separó de la rama de los primates. Desde ese entonces no necesitamos copular en la copa de los árboles, nos arrastramos por instinto sobre terrenos desconocidos que son propiedad de otros. Existe una sensualidad morbosa en todo esto, la toma de posesión por consentimiento mutuo es un proceso natural y hasta cierto punto inevitable. Hay que preguntarse si la palabra INFIEL realmente tiene sentido, quizás no debería existir, es un vocablo injusto, tanto para el que cabalga como al que se deja cabalgar.

Marco Antonio

miércoles, 24 de noviembre de 2010

PROSA POÉTICA




Los favores se compran, como el amor de gatas,
maúllas las promesas y las palabras ladran.
Para vender mentiras allí donde te arrastran,
escóndete en la noche y abrígate con lágrimas.
No hay campos de azucenas para soñar colores,
ni fibras de ternura o esencias de utopías
para enterrar caprichos y rompe corazones.
En las noches de duendes sin caminos de gloria
se zurcen calcetines con los hilos del tiempo,
las mentiras se duermen en la boca de un sapo
y las palabras se funden en un baile de espejos.
Son regalos de un diablo que rebuzna pasiones.
Llegarán los gorgojos a recubrir la tierra,
sin respetar caminos ni a los hombres sinceros
que se han ido a la guerra en sus trajes de luto
celebrando la muerte para llegar al cielo.
Mientras salga el sol reinará un mentiroso,
Arrastrará su cola, enseñará sus dientes,
Su torva cabeza y su escama letal.
Devorará al hermano, La fe que nos impulsa,
El amor de la sangre y hasta el último altar.


Marco Antonio

martes, 23 de noviembre de 2010




DEBAJO DE LA ALFOMBRA

La higiene comienza con uno mismo. Como los buenos modales, es algo que llevamos en los genes y lo practicamos sin prestar demasiada atención a su ejecución. Sabemos que el proceso conlleva cierto encanto personal, cierto grado de auto gratificación; para ser más explícito, el sentirse limpio y oler bien fortalece nuestra aura personal, Nos lleva a un estado de narcisismo que vivifica el ego y reanima la confianza.
Esto no siempre es cierto en todo los casos, como tampoco aplica a todas las edades ni periodos históricos. Por ejemplo, mi vecino de puertas es un hombre religioso, afable y respetuoso de sus costumbres ancestrales. Cenamos con él una sola vez, dada la determinante y violenta negativa de mi esposa, nunca más se repitió. Su mujer es una excelente anfitriona que se esmeró en la preparación de las especialidades del país de su cónyuge. Comenzó sirviendo el primer plato en una sopera de exquisito diseño con el borde o de oro, o dorado. Antes de comenzar, mi vecino de puertas extrajo de su bolsillo un amarillento pañuelo y procedió a sonarse la nariz estrepitosamente. Terminada esta actividad, la cual considero necesaria pero no adecuada para la primera cena entre vecinos, convirtió el pañuelo en una pequeña bolita húmeda y pegajosa, se inclinó por un costado de la mesa hasta tocar el suelo y discretamente la depositó debajo de la alfombra. Proseguimos con el primer plato, que era la sopa de ojos de pescados flotando en una crema de calabacines; los ojos de pescados son comestibles, pero para un aficionado es un plato difícil de tragar. Le llegó el turno a la ensalada: espárragos, aguacates y berenjenas. Las cáscaras del aguacate fueron removidas cuidadosamente y la señora, siguiendo el ejemplo de su marido, las depositó debajo de la alfombra. La carne y las patatas, constituían el plato principal adornado con arándanos , en mi opinión, fue el toque magistral de la velada. Las cortezas de los arándanos y las de las patatas encontraron su sitio adecuado debajo de la alfombra. Durante el postre se les permitió a sus hijos acompañarnos en el comedor. El más pequeño se trajo su orinal y plantándolo a los pies de su padre, comenzó ruidosamente a ejecutar sus necesidades. Al terminar la madre se ocupó de asearlo lo mejor que pudo ya que el crío rehusaba abandonar el receptáculo. Los papeles utilizados en el proceso de la limpieza, uno tras otro, encontraron también su sitio adecuado debajo de la alfombra. Mi mujer vomitó sobre la mesa y yo, más que vivo, medio muerto de vergüenza, ofrecí mis excusas.



Marco Antonio

martes, 16 de noviembre de 2010




EL BRUJO CARIBEÑO

El orisha se introdujo de un salto en medio del círculo de idolatras. Comenzó su discurso gesticulando con sus largos y huesudos brazos señalándolos de uno en uno con su dedo índice. Continuó hasta asegurarse de que todos estaban bajo su influencia, al borde de la histeria, mesmerizados por su mirada de ojos amarillos. La audiencia guardó silencio, petrificada por el miedo que siempre les producía la presencia del santero.
—Esta noche vamos a sacarle el diablo a la mujé de Mariano — manifestó el brujo dibujando una horrible mueca con sus labios. Vamos a empezá sacrificando al gallo para lavarle el espíritu a esta mujé con su sangre, entonces me fumaré un tabaco de los que me traje de la Habana y le soplaré el humo en las narices pa purificarle los pulmones. Toma nota Gumersindo, que la oración a Obatalá es pa invocar a los muertos mientras yo me enjuago la boca con el ron y le echo un buche en los ojos pa limpiarla de la visión de ese demonio que lleva escondío en la cabeza. Córtale el cuello al animá que se está poniendo muy inquieto.
Entonces, de sorpresa, El Oricha plantó sus dos huesudas manos sobre la cabeza de la mujer de Mariano y le gritó al tope de sus pulmones:
— ¡En nombre de Ochún, Changó y Eleggua despréndete de este cuerpo y regresa por donde viniste!
A la mujer se le pusieron los ojos como platos, comenzó a temblar y se resbaló de la silla dándose tal golpe en la cabeza que ocasionó que su cuerpo quedara tieso e inmóvil. Cuando llegó el médico de turno certificó que la mujer de Mariano había muerto de un sincope cardiaco. Posiblemente causado por un susto.

Marco Antonio

miércoles, 20 de octubre de 2010


ANÉCDOTA DE LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA

Ya no quedaba un romano en pié, los había vencido por tercera vez. Pero no se hacía ilusiones; sabía que vendrían por él. No tuvo que esperar mucho, Escipión EL AFRICANO apareció como por arte de magia al frente de un enorme ejercito y por primera vez se vio forzado a retroceder. Sólo le quedaban dos elefantes cuando abandonó Italia y hubo que comerse uno en el regreso a Hispania. La costumbre dictaba que primero se alimentaran los oficiales, después los soldados y por último las mujeres que acompañaban al ejercito.
Cuando llegó el turno de las mujeres, Anibal ordenó que a la suya le sirvieran su porción en su tienda privada. El plato consistía en cortezas de patatas y el rabo del elefante cocinado a la brasa. Efigenia, como se llamaba su mujer, descendió de su trono ciega de ira, no sin antes proporcionarle al esclavo que le servía de REPOSAPIÉS una patada en el trasero. Maldijo a los dioses, después a los generales y finalmente a todos los hombres incluyendo a su marido. Anibal, sin perder la calma, la miró con tristeza compadecido de su aparente pérdida de cordura y dirigiéndose al cocinero le preguntó si el elefante había dado abasto para alimentarlos a todos. El hombre respondió que aún quedaban los criados y la servidumbre. Anibal le pidió que se acercara y le susurró al oído:
— Esta noche cenaran cocido de tetas y rebanadas de nalgas— y sin más contemplaciones ordenó al cocinero que se llevara a su mujer.

Marco Antonio