sábado, 2 de julio de 2011

FINALE




Estaba tan enojado que sus ojos relampagueaban transfigurando el color carbón de los mismos. Sus gestos eran amenazantes aunque no iban dirigidos a nadie en particular y su boca aún sangraba por las fisuras de las mordidas que él mismo se había infligido durante la noche. No podía moverse de su cama, estaba atado con un arnés para que no pudiese hacerse daño pero trataba de escapar de su prisión intentando incorporarse utilizando toda la fuerza de su corpulenta anatomía. Había llegado a la residencia el día anterior.
Fijó su mirada furiosa sobre mí y el trueno de su voz se esforzó en transmitirme su incomodidad, pero no llegué a entenderle nada. Sus palabras eran totalmente incoherentes y el tono definitivamente amenazante. Era un hombre inmenso, su rostro tenía un aspecto terrible y su melena blanca y erizada estaba cortada al estilo militar. Llevaba todo el día y la noche anterior sin probar un bocado, ahora rehusaba los intentos de su hijo por introducir una cuchara de yogurt en su boca.
Sus riñones le habían jugado una mala pasada y, al parecer, no respondían al tratamiento pero estaba alerta y sus ojos perseguían a todos los que entraban y salían de la estancia transmitiendo la mala leche de su carácter. El hijo, su único visitante durante el día, se dio por vencido, desistió del intento y abandonó la sala moviendo la cabeza de lado a lado como para expresar su exasperación e impotencia.
Tres días después, durante la mañana, desfilaron ante su cama los hijos, sus esposas y los nietos para luego desaparecer con la misma presteza con que aparecieron. No se les volvió a ver. Caía la tarde del tercer día cuando lo trasladaron a otra habitación, allí lo encontré, en la terrible soledad que parecen transmitir los que no interesan a nadie. Le saludé con mi mejor sonrisa y él pareció conocerme. Aún quedaba energía en su cuerpo, sus ojos taladraron un críptico mensaje en mi cabeza. A la mañana siguiente, cuando regresé al hospital alguien me comentó que había muerto durante la noche acompañado por el espeso silencio que invade los lugares solitarios.

Marco Antonio

miércoles, 25 de mayo de 2011

BARCELONA - ESTACIÓN FERROVIARIA


DE LA VIDA REAL

He encontrado que es natural y muy eficiente para mí caminar erecto con los brazos colgando a lo largo del cuerpo en posición vertical. Nunca pensé que esta conducta podría desencadenar algún tipo de trauma a mis órganos internos. Así que me muevo por la vida de esta manera y aunque he sido acusado de parecerme a un zombi, nunca creí que me fueran a confundir con un personaje del Oriente Medio o alguien extraído de Las Mil y Una Noche. Concedo que un que otro extranjero al pasar por mi lado me ha saludado respetuosamente como si yo le recordara a un miembro de su familia.

Llegué a la enorme estación del ferrocarril en Barcelona y me dirigí a las máquinas vende-boletos para trenes de cercanías. Mi destino, un pueblo de playa en el Mediterráneo a veinte minutos de la ciudad. Después de leer las instrucciones en la pantalla panorámica dos veces, aún tenía mis dudas. Un hombre macizo, de complexión oscura, camiseta verde y pantalones cortos se presentó de la nada para ofrecerme ayuda, desplegaba sobre el pecho en letras blancas su título en catalán. Por la atención y la correcta explicación que recibí sobre el tema de como moverse y protegerse dentro de la estación, asumí que era empleado del complejo ferroviario. Momentos más tarde nos despedíamos como viejos amigos intercambiando sonrisas y amabilidades.

Ahora con el boleto en la mano, solo tenía que esperar que anunciaran la llegada de mi tren para moverme erecto y confiado hacia la escalera automática que me llevaría a los andenes. Esperaba con mis brazos descansando como de costumbre, cuando apareció frente a mí este minúsculo personaje desplegando una sonrisa de oreja a oreja. Exhibía tres magníficos dientes, al parecer los únicos que aún quedaban en su boca; se plantó frente a mí y aún sonriendo me preguntó:

-¿Árabe?- pronunciando esta palabra con un acento que pudiese haber sido indio o tibetano.

-¡ah,ah!- Le respondí

- Que importa. Tiene usted cara de buena gente.
Le observé detenidamente, abarcando todo el espacio que el raro espécimen ocupaba. Un hombre dolorosamente escuálido y huesudo, sus ojos color tierra no me abandonaron un momento. Me acerqué a él más de lo prudente y le respondí:

-Creo que no estás impresionado con mi cara de buena gente, pero sí con el idiota que piensas haber encontrado y que vas a convencer para venderle eso que cargas bajo el brazo.

-Ahhh, ¿Esto?- se dijo más para sí mismo. Aquí llevo mis documentos legales y un boleto de tren a Valencia donde voy a reunirme con mi familia la cual no veo desde que regresé de la India. Solo me falta el importe del trasbordo desde Valencia hasta el pequeño pueblo donde vivimos y sé, por su apariencia, que esto que le pido para usted no es más que una limosna. Sea de donde sea, bien sabe usted que la caridad es la llave que abre todas las puertas del cielo.

-¿Seguro que el señor no es árabe?- repitió una vez más antes de terminar la conversación frunciendo el ceño.

No le respondí inmediatamente, pero me acerqué a su oreja izquierda la cual noté que estaba espesamente poblada de una pelusa blanca y le dije:

En el país de donde yo procedo, a los que mienten les cortamos la lengua. Es una cuestión de principios y religión. No podemos justificar el acceso al Reino de los muertos si aceptamos las mentiras como parte de la vida e ignoramos a los mentirosos. Precisamente, aquí en este bolso a mi costado – le dije - llevo las tijeras que mis antepasados me confiaron para que la custodiara y diera el uso adecuado, dada la situación según nuestras sagradas leyes. ¿No le parece a usted que me encuentro en un dilema? Sé que usted me miente y yo no quiero perder la oportunidad de merecer el Reino de los Muertos cuando mi tiempo llegue.

Comencé a introducir mi mano en el bolso, pero para ese entonces ya me encontraba solo. El hombrecillo había desaparecido. Logré distinguir las escasas hebras de su tostado cuero cabelludo cuando el viento las azotó al doblar la esquina,cincuenta metros de donde segundos antes conversábamos.

La pantalla del monitor comenzó a anunciar la llegada de mi tren y yo me apresuré hacia la entrada número diez, donde las escaleras automáticas me tragaron junto con los demás.


Marco Antonio

miércoles, 4 de mayo de 2011

EL LÁPIZ Y EL PINCEL






A veces la demencia se expresa en visiones que solo existen en el mundo de las fantasías, como estas que en ocasiones escapan por las puntas de mis dedos.

Marco Antonio

martes, 12 de abril de 2011

DECLARACIÓN DE AMOR


Pudieras sacudir el amor de mis plumas pero nunca el de mi corazón. Siempre he querido estar a tu lado sin importarme el destierro. Puede que para otros exista ese lugar que llena todos los espacios, pero no para mí, porque en esta vida ni en la otra podría encontrar el paraíso si no fuese de tu mano. No es el mundo que yo soñé, pero sí el camino que escogí sin pensarlo dos veces. Te amaba aún cuando no existía el puente para burlar el tiempo y disolver la distancia. Llegar hasta ti siempre fue mi destino. Ahora, en la tarde de mi sueño, me alimenta tu amor y no me atemoriza desprenderme de todas las visiones cuando sé que al cruzar el umbral, no dejaré de sentir que en mi pecho laten dos corazones.

sábado, 2 de abril de 2011

ESCULTURA EN PROCESO


EN LAS MANOS LLEVO NADA
EL HORIZONTE NO ESTÁ TAN LEJOS
DEL CAMINO QUE MIS HUELLAS
ELIGIERON PARA MARCARSE.
TESTIMONIOS DE FE, NO ES ALIMENTO
DEL CREADOR, SOLO SUS MANOS.
NO ES EL PESO DE LA SABIDURÍA
LA RAZÓN DE MIS DESVELOS,
ES EL FANTASMA DEL TIEMPO
QUE VA DEMOLIENDO
MI CULTIVO DE ARENAS.
DE CUCLILLAS ESPERO
A QUE COAGULE MI ESENCIA.
ENTONCES CERRARÉ MIS PUÑOS
PARA REGRESAR AL POLVO
SIN LLEVARME NADA.

MARCO ANTONIO

miércoles, 16 de marzo de 2011

EL ÚLTIMO QUE CIERRE LA PUERTA

Él había insistido que se leyera su testamento en el tanatorio justo antes de que lo llevaran al cementerio.
Con la viuda entraron en el recinto sus dos hijos y la más pequeña de las niñas que el día de su muerte había cumplido los treinta y siete años. Las mayores que eran siete, ya se encontraban sentadas en el primer banco frente por frente al ataúd que por estrictas ordenes del occiso permaneció abierto durante la ceremonia para que todos los allí presentes pudieran verlo.
El notario, consciente de su responsabilidad, aguardaba con un grado de impaciencia el momento preciso para comenzar con la lectura de las últimas voluntades. En la segunda fila estaban los hermanos del difunto, sus tíos y la mujer de su padre, ya desaparecido bajo sospechosas circunstancias. Un disparo entre los ojos terminó su estancia en este mundo. La triste señora iba acompañada de su escolta quince años más joven, sus asesores financieros y media docena de guardaespaldas. En la tercera fila, los Capo Mafiosos que según rumores infundados, eran los responsables del inesperado y traumático evento que los había congregado en tan solemne lugar esa mañana.
Ahora comenzaban a llegar los parientes más alejados, aquellos que por algún pretexto o alucinación estaban convencidos de que sus nombres aparecerían en el legado que empuñaba el notario. A simple vista ya no era posible acomodar un alma más en la sala, el silencio, el calor y las emanaciones corporales comenzaban a ser insoportables. El féretro, también a petición del difunto, había sido colocado en un ángulo que permitía a la audiencia contemplar el cadáver desde todos los rincones. Curiosamente sus ojos permanecían abiertos dando la impresión que el ya desaparecido hampón contemplaba a la audiencia con un gesto incriminatorio y algo sarcástico embalsamado en su rostro.
Finalmente el notario desenrolló el pergamino y dio comienzo a la lectura del testamento. Fue entonces cuando por la puerta principal irrumpió el jefe de la policía con un contingente de agentes armados hasta los dientes. Sin importarle las consecuencias, el hombre, alzó el arma y disparó hacia la bóveda del techo:
— ¡Que nadie se mueva!— vociferó el jefe.
El ruido fue ensordecedor, pero nadie se atrevió a mover un músculo. Entonces, viendo que había acaparado toda la atención de los allí presentes ordenó al notario que continuara con la lectura...

Querida familia:
Ahora que están todos aquí, el último, que cierre la puerta, porque esta vez no habrá escapatoria. Entregué los libros del contable al jefe de la policía cuando mis bienes fueron confiscados. Alguien en esta familia se fue de la lengua, yo por mi parte estaré esperándoles a las puertas del infierno.
Antonino Matasano.


viernes, 4 de marzo de 2011

CARTA PARA NO LEER




Querida mía:
Quisiera que al leer esta carta, mis palabras abrasaran tus pupilas y que tus miedos mancharan los espejos. Si las horas ya perdidas en las sombras del recuerdo regresaran, desearía verte una vez más consumida en la demencia de tus pasiones y no podrías negar mi participación entre aquellos que saciaron tu voraz apetito. Añoro tus desvaríos, porque fueron sentimientos que nunca conocieron la inocencia.
Esta carta pudiera ser una comunión de largas moralejas, pero no, la intención de mis palabras no son esas. Es más un asalto a tu sensualidad, el deseo de penetrar por tus ojos y despojarte de tu frígida apariencia. Es una carta de amor a la amante, a la mujer cuya impúdica esencia asedia y somete sementales con promesas sin mañanas. Aún así, en esta última hora, te escribo sin menguar la distancia porque ya solo me queda el alma y esta maldita rabia que se marchita en la espera mientras yo sigo soñando que llegarás a tiempo para morir conmigo.