viernes, 1 de octubre de 2010
viernes, 24 de septiembre de 2010
miércoles, 15 de septiembre de 2010
MI MÁQUINA DEL TIEMPO
Con los codos apoyados sobre la mesa del ordenador y los dedos entrelazados como racimo de plátanos, sujeto mi barbilla. Esta es la manera más cómoda para abrir la compuerta donde amasijo mis memorias, mi máquina del tiempo. La habitación encierra todo lo que necesito para crear éste islote imaginario. El tiempo nunca ha tenido mucho sentido ya que se alarga o se estrecha de acuerdo a mis necesidades: escribo, dibujo, computo y exprimo los recuerdos como si extrajera el zumo de una naranja demasiado madura.
El piso de esta habitación está cubierto con una estera de ratán que compré en Japón. Es uno de esos inexplicables misterios de mi vida haber disfrutado el sentarme cruzado de piernas hasta el punto de entumecerme de coyunturas en compañía de quienes era mi obligación entonces de convencer sin ser convencido. Yo en mi idioma y ellos en el suyo consumiendo algas, pescado crudo, té amargo y saki hasta llegar a un acuerdo, siempre inconcluso, que los directores sellaban con el brusco movimiento de sus cabezas y mi apretón de mano.
Las estanterías están repletas de libros leídos y por leer, retratos, láminas y carritos de juguete, también alguna de mis pinturas. Escribo a destiempo, cuando me florece en la piel las ganas de pasear por donde me tocó vivir. Los temas están anidados en mi cabeza, en un circo de experiencias que sufre de vagancia crónica. Pero de vez en cuando las hago bailar en el presente y reconstruyo exageradas situaciones cuando los recuerdos amenazan perderse en mi propio ombligo.
Fue en Tokio donde, por primera vez, probé las anguilas. La Junta de Directores de aquella compañía farmacéutica (todos, porque no faltó ni uno) decidió que ya era tiempo de elevar mis conocimientos gastronómicos y marchamos cuesta arriba hasta la cima de una colina donde estaba situada La Pagoda de las delicadezas celestiales.
La mesa era larga, ovalada y a medio metro del suelo. Allí me acomodaron. Los directores gesticulando muy emocionados se lavaban sus caras y sus manos con toallas remojadas en agua perfumada tan caliente que había que fruncir el seño o soltar un alarido de dolor. Entonces llegó el primer plato, pequeño y rectangular. La porcelana estaba decorada con una exquisitez de indescriptible belleza. Contenía cuatro humeantes pedacitos tubulares de textura rosada simétricamente colocados en el fondo de la diminuta concavidad. A primera instancia me parecieron salchichas, pero no, eran anguilas.
Una manera de preparar las anguilas en esa parte del mundo es atraparlas vivas, cortarlas en trozos y ahumarlas al vapor hasta conseguir una tonalidad rosada. Yo esperé a que mis comensales comenzaran a ingerir la curiosa delicadeza y al repasar sus rostros donde se reflejaba una deliciosa experiencia, me tranquilicé y decidí intentarlo. No fui lo suficiente valiente como para hincar el diente en aquellos atractivos sorullos, así que decidí tragármelos enteros, uno tras otro mientras le sonreía a mi público que me observaban con adoración.
Antes del segundo plato, el director se levantó y comenzó su discurso en inglés del cual no entendí una sola palabra. Las anguilas en mi estómago estaban escaldadas pero no muertas y en aquél preciso momento decidieron trasladarse de un extremo de mi estómago al otro. La sensación fue muy desagradable, la reacción de mi cuerpo, inmediata. Vomité con tal fuerza que el comensal al otro lado de la mesa, sin tener recursos para defenderse, se encontró cubierto de pies a cabeza con mis jugos gástricos y otros menesteres. Todos los orificios de mi cuerpo reaccionaron a la vez. Lágrimas saltaron de mis ojos y mis mocos escaparon por mi nariz para engominar mi fronrdoso bigote y unirse a las lágrimas que rodaban por mis mejillas. Sentí la humedad en mis pantalones, me estaba orinando. Finalmente perdí el control de la esfinter y me cagué.
Fui inmediatamente trasladado al hospital y después de un lavado estomacal otra ambulancia me llevó hasta el hotel. Los comensales muy preocupados nunca me abandonaron, así que se apiñaron dentro del vehículo cuando medirigía al hospital y también en el viaje de regreso. Muy emocionante y extremadamente educado de parte de ellos. Mi habitación amaneció inundada de flores y algo más tarde, los comensales desfilaron, uno por uno para expresar su vergüenza al haberme “ofendido” de tal manera.
Nunca olvidaré aquella visita. Como punto final añadiré que el incidente de las anguilas me ganó la firma del director y unas condiciones comerciales sumamente ventajosas.
Marco Antonio
El piso de esta habitación está cubierto con una estera de ratán que compré en Japón. Es uno de esos inexplicables misterios de mi vida haber disfrutado el sentarme cruzado de piernas hasta el punto de entumecerme de coyunturas en compañía de quienes era mi obligación entonces de convencer sin ser convencido. Yo en mi idioma y ellos en el suyo consumiendo algas, pescado crudo, té amargo y saki hasta llegar a un acuerdo, siempre inconcluso, que los directores sellaban con el brusco movimiento de sus cabezas y mi apretón de mano.
Las estanterías están repletas de libros leídos y por leer, retratos, láminas y carritos de juguete, también alguna de mis pinturas. Escribo a destiempo, cuando me florece en la piel las ganas de pasear por donde me tocó vivir. Los temas están anidados en mi cabeza, en un circo de experiencias que sufre de vagancia crónica. Pero de vez en cuando las hago bailar en el presente y reconstruyo exageradas situaciones cuando los recuerdos amenazan perderse en mi propio ombligo.
Fue en Tokio donde, por primera vez, probé las anguilas. La Junta de Directores de aquella compañía farmacéutica (todos, porque no faltó ni uno) decidió que ya era tiempo de elevar mis conocimientos gastronómicos y marchamos cuesta arriba hasta la cima de una colina donde estaba situada La Pagoda de las delicadezas celestiales.
La mesa era larga, ovalada y a medio metro del suelo. Allí me acomodaron. Los directores gesticulando muy emocionados se lavaban sus caras y sus manos con toallas remojadas en agua perfumada tan caliente que había que fruncir el seño o soltar un alarido de dolor. Entonces llegó el primer plato, pequeño y rectangular. La porcelana estaba decorada con una exquisitez de indescriptible belleza. Contenía cuatro humeantes pedacitos tubulares de textura rosada simétricamente colocados en el fondo de la diminuta concavidad. A primera instancia me parecieron salchichas, pero no, eran anguilas.
Una manera de preparar las anguilas en esa parte del mundo es atraparlas vivas, cortarlas en trozos y ahumarlas al vapor hasta conseguir una tonalidad rosada. Yo esperé a que mis comensales comenzaran a ingerir la curiosa delicadeza y al repasar sus rostros donde se reflejaba una deliciosa experiencia, me tranquilicé y decidí intentarlo. No fui lo suficiente valiente como para hincar el diente en aquellos atractivos sorullos, así que decidí tragármelos enteros, uno tras otro mientras le sonreía a mi público que me observaban con adoración.
Antes del segundo plato, el director se levantó y comenzó su discurso en inglés del cual no entendí una sola palabra. Las anguilas en mi estómago estaban escaldadas pero no muertas y en aquél preciso momento decidieron trasladarse de un extremo de mi estómago al otro. La sensación fue muy desagradable, la reacción de mi cuerpo, inmediata. Vomité con tal fuerza que el comensal al otro lado de la mesa, sin tener recursos para defenderse, se encontró cubierto de pies a cabeza con mis jugos gástricos y otros menesteres. Todos los orificios de mi cuerpo reaccionaron a la vez. Lágrimas saltaron de mis ojos y mis mocos escaparon por mi nariz para engominar mi fronrdoso bigote y unirse a las lágrimas que rodaban por mis mejillas. Sentí la humedad en mis pantalones, me estaba orinando. Finalmente perdí el control de la esfinter y me cagué.
Fui inmediatamente trasladado al hospital y después de un lavado estomacal otra ambulancia me llevó hasta el hotel. Los comensales muy preocupados nunca me abandonaron, así que se apiñaron dentro del vehículo cuando medirigía al hospital y también en el viaje de regreso. Muy emocionante y extremadamente educado de parte de ellos. Mi habitación amaneció inundada de flores y algo más tarde, los comensales desfilaron, uno por uno para expresar su vergüenza al haberme “ofendido” de tal manera.
Nunca olvidaré aquella visita. Como punto final añadiré que el incidente de las anguilas me ganó la firma del director y unas condiciones comerciales sumamente ventajosas.
Marco Antonio
lunes, 30 de agosto de 2010
EL DIABLO ANDA SUELTO...
El Diablo anda suelto. Le han facilitado papel y pluma y un espacio en la web. Ahora sabremos toda la verdad sobre Dios.
La maldad estaba allí, desde el principio, mezclada con todo lo demás. Era tan necesaria como las bondades y las buenas intenciones para crear del caos un Universo coherente. Sería pretencioso de mí adjudicarle a Dios la idea de mi instauración; bastaba con la pésima ocurrencia de haber infiltrado al hombre proporcionándole credibilidad y adornándolo con esa fábula del paraíso y las subsecuentes historias.
La verdad es que Dios existe, que siempre ha estado ahí. Podemos asignarle el nombre que se nos ocurra porque nada cambiaría, estamos aquí y este inesperado fenómeno debe ser suficiente para convencernos de su existencia. Somos parte de una secuencia de eventos demasiado compleja para comprenderla con las limitaciones impuestas en nuestro subdesarrollado cerebro. Es un proceso evolutivo del que yo también soy parte.
Cuando despertó la conciencia, vine con ella, yo soy el lado oscuro de todo ser humano. Llámame la parte imperfecta del proceso, la condición necesaria para que se produzca la chispa de transición que señalará el final de nuestra especie; tarde o temprano llegará. Conmigo no existen problemas de nombres, a través del tiempo se me ha conocido por muchos apodos e infinidad de formas, tampoco existe la duda sobre cuales son mis verdaderas intenciones: soy la fase auto destructiva de nuestro cerebro. Llegamos con el tiempo y con el tiempo nos extinguiremos, yo, con todo mi poder sobre el resto de la humanidad no tendré ninguna consecuencia en la totalidad del proceso.¿Entonces que será de la Creación, de Dios, si es así como prefieres llamarle? No es de nuestra incumbencia, no creo que seamos tan importantes en el contexto del Universo. Somos un prototipo más en un indefinido planeta entre muchos donde las constantes coinciden por accidente y en todas yo estoy representado de alguna forma para que dichas condiciones regresen al desorden y el caos continúe evolucionando.
Tanto Dios como el Demonio somos partes de las exigencias que le dan sentido al Cosmos.
Marco Antonio
viernes, 27 de agosto de 2010
LA LLAMADA DE LA SELVA
Mowgli nunca llegó a entenderlo, su instinto no era suficiente. Había llegado la hora de asumir su lugar como adulto entre los jóvenes de su edad, los que siempre se habían encargado de la vigilancia y la defensa del grupo. En su interior sentía el poderoso llamado de la jungla y lo que ello implicaba, pero no podía entender por qué lo rechazaban, tenían que sobrevivir pero a él no se le permitía formar parte del orden natural en la estructura de su especie. Hacía ya tiempo que prescindía del cuidado y la protección de su madre y esa tácita actitud, ese repudio colectivo, era una ofensa que poco a poco se había convertido en una obsesión. Quería probarles a todos y así mismo que era valiente y digno de ser aceptado, necesitaba sobresalir y ser la envidia de la especie. Le angustiaba el anonimato y el no ser reconocido. Su destreza, su habilidad y su inteligencia no tenían rival.
Más que nada, era fundamental que ella se sintiera especialmente orgullosa en su presencia. Habían descubierto el sexo y los placeres de la concupiscencia juntos y esa revelación era como una pócima que los hacía concientes de la imperativa biológica que comenzaba a dominar todos sus sentidos. Un fuego ancestral le consumía las entrañas, sentía más que nunca la llamada de la selva, el instinto de preservación de la especie. Aunque no lo sabía, estaba perdidamente enamorado de la mona Nacha.
Marco Antonio
lunes, 16 de agosto de 2010
EL TRASTERO
Las cosas inanimadas también mueren, o eso creo. No dejan de existir como lo hacemos los seres humanos, pero sospecho que debe ser una terrible agonía de indefinida perseverancia. Es difícil imaginar o entender, pero si nuestras capacidades cognitivas estuviesen desarrolladas hasta el punto en que nos permitieran vislumbrar una realidad mentalizada, podríamos retroceder a un estado nano-molecular, reagrupar nuestros átomos y convertirnos, por ejemplo, en una escoba vieja.
¡Que idiosincrasia! ¡Convertirse en una entidad inanimada cuya vida útil ha llegado a su fin! Entonces estarías condenado a la penumbra de la ingratitud, acompañado de zapatos viejos, vestidos olvidados, muñecas de trapo y cartas de amor perdidas en un cajón. No, no existe un tanatorio ni un cementerio para las cosas inanimadas, en esta parte del mundo lo llamamos: El trastero.
Marco Antonio
viernes, 6 de agosto de 2010
EL ÚLTIMO REFUGIO
El informe del forense leía más como ciencia ficción, no como un documento procedente de la morgue de vextor VII. Allí en letras de molde se certificaba que Wenceslao Abalzisketa había fallecido de un infarto del miocardio; una condición prácticamente desconocida desde la segunda mitad del siglo XXVIII. Los avances tecnológicos en el campo de la medicina no contemplaban la posibilidad de una ocurrencia de esa naturaleza. Para entonces se había erradicado el cáncer, la formación de aneurismas en el sistema cardiovascular, la enfermedad de alzheimer, la gripe y las múltiples condiciones biológicas y psíquicas que causaban la disfunción eréctil, una situación que en los últimos dos siglos había contribuido drásticamente a la merma de la población del planeta.
En el caso de Wenceslao su ADN simplemente dejó de regenerarse y su cuerpo comenzó a envejecer de manera exponencial. Según pasaban los días su organismo languidecía creando un estado anímico que deterioraba inexorablemente acercándose peligrosamente a los límites de una realidad desconocida para la ciencia. Nadie pudo explicar la inesperada aparición de esta condición: un cuerpo cuyos órganos internos envejecían y que a la vez, en su exterior, parecía retroceder en el tiempo disminuyendo en tamaño y aspecto físico. Aún así, luchó hasta el último momento, rehusando a darse por vencido y abandonar el espacio físico que ocupaba. Ocurrió sin previo aviso. Su corazón dejó de latir y Wenceslao se convirtió en la última estadística procedente de vextor VII. Un nombre más en la base de datos que contabilizaba las defunciones del planeta y su satélite.
La muerte de Wenceslao marcó el principio del reconocimiento que en el planeta estaban ocurriendo anomalías físico-ambientales alarmantes. El tiempo parecía alargarse, se comprobó que el movimiento gravitacional del sistema estaba cambiando, respirar se hacía mucho más difícil. Nadie prestaba mucha atención a los cambios, excepto los científicos, la gente se divertía saltando de un lugar a otro con una agilidad sin precedentes. Debido a la merma en la gravedad, desconocida por el público en general, se producía la sensación de que al moverse con prisa uno flotaba ligeramente en el espacio.
Pronto otras muertes como la de Wenceslao comenzaron a registrarse en otros vextors del planeta. El pánico cundió cuando los medios de comunicación lanzaron al aire la noticia de que la luna estaba perdiendo su equilibrio gravitacional y se acercaba peligrosamente a la tierra. Los preceptos que siempre gobernaron la astro física contemporánea estaban siendo cuestionados. Entre los eruditos se contemplaba seriamente una vieja hipótesis: El tiempo y la luz podían extinguirse por el vórtice de un agujero negro cuya fuerza podía desfigurar el equilibrio del universo. Si eso ocurría, volveríamos al caos, donde todo concepto era invalido y el tiempo nunca tuvo sentido…
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Los lentes bifocales de Bartolo se estrellaron contra el piso cuando su cuerpo comenzó a deslizarse por la superficie de su sillón de cuero acolchonado. El ordenador emitió una serie de pitidos y la pantalla parpadeó. Bartolo despertó alarmado y recuperó su postura. Clavó sus ojos en la imagen, pero sin los bifocales no podía descifrar lo que había escrito. Recogió los lentes de la alfombra y los ajustó sobre el puente de su nariz. Miró el reloj en su muñeca y haciendo un esfuerzo mental recordó que sólo había logrado desarrollar dos páginas del artículo que escribía para PULP MAGAZINE, una publicación dedicada exclusivamente a la ciencia ficción. Volvió a mirar su reloj y decidió que era mejor irse a la cama, manipuló el ratón hasta que el ordenador dejó de emitir el monótono ruido del ventilador y la pantalla se oscureció hasta parecer un agujero negro. Bostezó. se levantó del sillón y abandonó la pequeña sala. Subió con dificultad la escalera de caracol que lo llevaba a su alcoba en el ático y abrió la puerta. El ensordecedor silencio le golpeó los sentidos, la total oscuridad lo aterrorizó, pensó que si daba un paso más caería al vacío. En los agujeros negros no existían las dimensiones, ni el concepto del tiempo era válido. La terrible fuerza magnética se tragó al escritor, su cuerpo, junto con el resto del universo regresaron al caos.
Marco Antonio.
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