martes, 12 de abril de 2011

DECLARACIÓN DE AMOR


Pudieras sacudir el amor de mis plumas pero nunca el de mi corazón. Siempre he querido estar a tu lado sin importarme el destierro. Puede que para otros exista ese lugar que llena todos los espacios, pero no para mí, porque en esta vida ni en la otra podría encontrar el paraíso si no fuese de tu mano. No es el mundo que yo soñé, pero sí el camino que escogí sin pensarlo dos veces. Te amaba aún cuando no existía el puente para burlar el tiempo y disolver la distancia. Llegar hasta ti siempre fue mi destino. Ahora, en la tarde de mi sueño, me alimenta tu amor y no me atemoriza desprenderme de todas las visiones cuando sé que al cruzar el umbral, no dejaré de sentir que en mi pecho laten dos corazones.

sábado, 2 de abril de 2011

ESCULTURA EN PROCESO


EN LAS MANOS LLEVO NADA
EL HORIZONTE NO ESTÁ TAN LEJOS
DEL CAMINO QUE MIS HUELLAS
ELIGIERON PARA MARCARSE.
TESTIMONIOS DE FE, NO ES ALIMENTO
DEL CREADOR, SOLO SUS MANOS.
NO ES EL PESO DE LA SABIDURÍA
LA RAZÓN DE MIS DESVELOS,
ES EL FANTASMA DEL TIEMPO
QUE VA DEMOLIENDO
MI CULTIVO DE ARENAS.
DE CUCLILLAS ESPERO
A QUE COAGULE MI ESENCIA.
ENTONCES CERRARÉ MIS PUÑOS
PARA REGRESAR AL POLVO
SIN LLEVARME NADA.

MARCO ANTONIO

miércoles, 16 de marzo de 2011

EL ÚLTIMO QUE CIERRE LA PUERTA

Él había insistido que se leyera su testamento en el tanatorio justo antes de que lo llevaran al cementerio.
Con la viuda entraron en el recinto sus dos hijos y la más pequeña de las niñas que el día de su muerte había cumplido los treinta y siete años. Las mayores que eran siete, ya se encontraban sentadas en el primer banco frente por frente al ataúd que por estrictas ordenes del occiso permaneció abierto durante la ceremonia para que todos los allí presentes pudieran verlo.
El notario, consciente de su responsabilidad, aguardaba con un grado de impaciencia el momento preciso para comenzar con la lectura de las últimas voluntades. En la segunda fila estaban los hermanos del difunto, sus tíos y la mujer de su padre, ya desaparecido bajo sospechosas circunstancias. Un disparo entre los ojos terminó su estancia en este mundo. La triste señora iba acompañada de su escolta quince años más joven, sus asesores financieros y media docena de guardaespaldas. En la tercera fila, los Capo Mafiosos que según rumores infundados, eran los responsables del inesperado y traumático evento que los había congregado en tan solemne lugar esa mañana.
Ahora comenzaban a llegar los parientes más alejados, aquellos que por algún pretexto o alucinación estaban convencidos de que sus nombres aparecerían en el legado que empuñaba el notario. A simple vista ya no era posible acomodar un alma más en la sala, el silencio, el calor y las emanaciones corporales comenzaban a ser insoportables. El féretro, también a petición del difunto, había sido colocado en un ángulo que permitía a la audiencia contemplar el cadáver desde todos los rincones. Curiosamente sus ojos permanecían abiertos dando la impresión que el ya desaparecido hampón contemplaba a la audiencia con un gesto incriminatorio y algo sarcástico embalsamado en su rostro.
Finalmente el notario desenrolló el pergamino y dio comienzo a la lectura del testamento. Fue entonces cuando por la puerta principal irrumpió el jefe de la policía con un contingente de agentes armados hasta los dientes. Sin importarle las consecuencias, el hombre, alzó el arma y disparó hacia la bóveda del techo:
— ¡Que nadie se mueva!— vociferó el jefe.
El ruido fue ensordecedor, pero nadie se atrevió a mover un músculo. Entonces, viendo que había acaparado toda la atención de los allí presentes ordenó al notario que continuara con la lectura...

Querida familia:
Ahora que están todos aquí, el último, que cierre la puerta, porque esta vez no habrá escapatoria. Entregué los libros del contable al jefe de la policía cuando mis bienes fueron confiscados. Alguien en esta familia se fue de la lengua, yo por mi parte estaré esperándoles a las puertas del infierno.
Antonino Matasano.


viernes, 4 de marzo de 2011

CARTA PARA NO LEER




Querida mía:
Quisiera que al leer esta carta, mis palabras abrasaran tus pupilas y que tus miedos mancharan los espejos. Si las horas ya perdidas en las sombras del recuerdo regresaran, desearía verte una vez más consumida en la demencia de tus pasiones y no podrías negar mi participación entre aquellos que saciaron tu voraz apetito. Añoro tus desvaríos, porque fueron sentimientos que nunca conocieron la inocencia.
Esta carta pudiera ser una comunión de largas moralejas, pero no, la intención de mis palabras no son esas. Es más un asalto a tu sensualidad, el deseo de penetrar por tus ojos y despojarte de tu frígida apariencia. Es una carta de amor a la amante, a la mujer cuya impúdica esencia asedia y somete sementales con promesas sin mañanas. Aún así, en esta última hora, te escribo sin menguar la distancia porque ya solo me queda el alma y esta maldita rabia que se marchita en la espera mientras yo sigo soñando que llegarás a tiempo para morir conmigo.

lunes, 17 de enero de 2011

DOS HISTORIAS EN UNA `...



Le ofrecí un cigarrillo, el levantó la cabeza y me miró. Sus ojos tenían ese aspecto mohoso y cansado que no parecía enfocar la realidad. Sentado allí, contra el muro de la iglesia tocando la guitarra daba una impresión de conformidad, de estar perdido en su propio fracaso. Pero aquél hombre, bien sabía yo, había sido uno de los más distinguidos compositores de música rock en los años sesenta en Inglaterra. Tomó el cigarro, lo colgó de una esquina de su boca y continuó rascando las cuerdas de la guitarra.
Me senté a su lado y casualmente le pregunté:
—¿John?
No recibí respuesta ...
—¿John Kerry? –insistí-. Me acuerdo de ti, mi padre me llevó a ver aquel increíble concierto en Londres en el sesenta y tres cuando presentaste por primera vez tu famosa balada “Christ for all”.
Dejó de tocar la guitarra, levantó la cabeza para mirarme y una leve sonrisa se asomó a sus labios.

—“Chris for all” — rezongó mientras rascaba las cuerdas del instrumento. Pausó un momento para tragar en seco y continuó en un tono de voz muy bajo como si estuviera hablando consigo mismo-: ¿Dónde estaban ustedes cuando Felicia pidió ayuda?

-¿Felicia?– le respondí algo confuso, ya que no reconocía ese nombre.

-Felicia Carwight. El Ángel – añadió él sin levantar la cabeza.

Recordé entonces que se estaba refiriendo a la famosa cantante inglesa que formó parte de su banda en aquellos años. Una de las pasiones de mi padre quien en su juventud fuera un fanático de la música rock. Entre sus favoritos, “John Kerry y su Mantra”, como entonces se llamaba el grupo, ocupaba un lugar de preferencia.

– ¡Ah sí, ya recuerdo!– aventuré-. Formaba parte de tu organización y por cierto, un poco después de aquella gira, dejó el grupo y no tardó mucho en convertirse en una solista muy cotizada. Si mal no recuerdo, desapareció en el apogeo de su carrera y nunca más se supo de ella, como si se la hubiera tragado la tierra.
Por primera vez, John me miró directamente a los ojos. Me sorprendí al verlo tan de cerca. ¡Cuánto había envejecido! Los estragos del tiempo o la mala vida estaban ahí, repujados en su rostro curtido.

–Escucha, como te llames –comentó John mientras continuaba acompañándose con una música de fondo-. Te voy a contar una historia de la vida real. Algo que sucedió hace un tiempo; algo que ni tú ni tu padre le hubieran prestado la más mínima atención aunque hubiese sido noticia de primera plana.

Entonces sus dedos bailaron con más fuerza sobre las cuerdas y comenzó a contar ....

Me miraba con aquellos ojos biliosos flotando en el humor amarillo que inundaba sus cuencas profundas. Al verme, trató de sonreírse pero en vez, me regaló una mueca. De los extremos de sus labios agrietados escapaban hilos de espesa saliva en burbujas malolientes. Corrí a socorrerla, la limpié lo mejor que pude y besé su frente. Inconscientemente me apoyé en su pecho y de la turgencia de otros tiempos quedaba una gelatina de pellejo que cubría el costillal de su caja toráxica.

Fue mi amante por más de una década. Ahora moría la muerte que ella misma había elegido. Ahora estaba pagando la deuda de tantos años de concupiscencia en el “village” de Nueva York. La droga, la comuna, la insaciable búsqueda de nuevos placeres habían horadado el camino por donde las consecuencias de aquella buena vida ahora regresaban a cobrar su precio. Ya no quedaban defensas fisiológicas en el guiñapo de su cuerpo. El SIDA la devoraba impunemente en el silencio interno de sus células. Ésta era nuestra despedida. Su médico de cabecera, a la entrada, me surró al oído que no vería otro amanecer.

Colgué la guitarra alrededor de mi cuello y tantee las cuerdas para arrancarles aquella melodía que tantas veces compartimos a la luz de las velas en la escalera de emergencia de la calle Mulberry en el “village”. Ella trató de acompañarme como entonces lo hacía. Pero sólo sus labios resecos y agrietados se movieron al compás de las notas de la guitarra persiguiendo mi voz trémula en harmonía con las lágrimas que me nublaban los espejuelos. Entre estrofas, le conté historias de aquellos tiempos, de nuestros éxitos cuando hacíamos música. Le hablé de los que compartieron nuestra cama y de la experiencia en “woodstock” cuando nosotros y otros miles de “flower children” se unieron en la más apocalíptica aventura de los años sesenta.

Seguí arañando las cuerdas después de que ella había escapado a mejor mundo. En ese místico momento, la mueca desapareció de su rostro y la primavera de la sonrisa de otros tiempos se retrató otra vez en su semblante. Dejé de tocar y la besé en los labios. Monté la guitarra a mis espaldas y me alejé por el pasillo del hospital cargando un manojo de memorias mientras tragaba en seco la amarga realidad de que también, mi vida se estaba apagando.


-Ese es el capítulo final de su historia, “como te llames”– me increpó con sarcasmo–. Me lleva ventaja la guarra, pero no mucha.

Carraspeó varias veces y escupió parte de su alma en las escaleras de aquella iglesia.

Tiempo no le sobra, me dije.

Marco Antonio

martes, 30 de noviembre de 2010

TIEMPOS CUBANOS -En dos palabras



ÁGIL – MERCADO
Cursé el tercer grado en una escuelita primaria de la ciudad de Guantánamo que entonces era un pueblecito de a penas doscientas personas localizado en la región oriental de la isla de Cuba. Un timbre eléctrico nos indicaba la hora en que terminaban las clases y antes de que sonara por tercera vez, ya todos estábamos en el patio formando una fila india para salir a la calle. Lo primero que hacíamos era quitarnos los zapatos porque los de ir a la escuela eran, para la mayoría de nosotros, los únicos que teníamos y casi nadie en esos tiempos usaba calcetines porque en el trópico te sudan mucho los pies. Había pocas calles pavimentadas y muchos prados sin cultivar donde pastaban las vacas y los chivos. Cruzábamos aquellos espacios a toda carrera sin preocuparnos donde pisábamos. Había que ser muy ÁGIL para evitar las plastas de la mierda de vaca, de lo contrario era obligatorio una desviación al MERCADO para lavarnos los pies en la pileta pública antes de regresar a casa.


CARMELITA - REQUESÓN
Para la gente en Cuba CARMELITA es un color o una orden religiosa, también el nombre de una mujer. Yo conocí a una niña que así se llamaba y era tan fea y cutre que nadie hacía amistad con ella. Lo que en realidad detestábamos era el hedor de su cuerpo, olía a queso, pero nadie se atrevía a decirlo porque tenía un hermano tan grande, tan loco y tan apestoso que inspiraba terror. Apestaba igual o peor que ella. Entre los más listos, los aceptados socialmente en la clase de tercer grado, cuando nos referíamos al hermano de Carmelita, naturalmente a sus espaldas, le llamábamos REQUESÓN. Han pasado muchos años desde entonces y dado lo mucho que me gusta el sabor de ese queso ahora, me pregunto si yo hubiera desarrollado esta afición entonces, quizás seríamos amigos. En esos tiempos me consideraba el defensor de lo incondicional e indefendible y sin dudas, me hubiese cambiado de bando.


ENCICLOPEDIA - INFIEL
No existen palabras, frases o definiciones eruditas que describan satisfactoriamente la palabra INFIEL. La ENCICLOPEDIA y el diccionario reconocen que existe la condición, pero siempre queda un resquicio por donde se filtra la duda: ¿Es la infidelidad producto de una insuficiencia genética? ¿Será ese algo que sospechamos aprisionado en el subconsciente lo que nos permite cabalgar lo ajeno? Quizás sea una oscura costumbre cuyo origen es tan fundamental como arcaica y se remonta a los tiempos en que tomamos la bifurcación que nos separó de la rama de los primates. Desde ese entonces no necesitamos copular en la copa de los árboles, nos arrastramos por instinto sobre terrenos desconocidos que son propiedad de otros. Existe una sensualidad morbosa en todo esto, la toma de posesión por consentimiento mutuo es un proceso natural y hasta cierto punto inevitable. Hay que preguntarse si la palabra INFIEL realmente tiene sentido, quizás no debería existir, es un vocablo injusto, tanto para el que cabalga como al que se deja cabalgar.

Marco Antonio

miércoles, 24 de noviembre de 2010

PROSA POÉTICA




Los favores se compran, como el amor de gatas,
maúllas las promesas y las palabras ladran.
Para vender mentiras allí donde te arrastran,
escóndete en la noche y abrígate con lágrimas.
No hay campos de azucenas para soñar colores,
ni fibras de ternura o esencias de utopías
para enterrar caprichos y rompe corazones.
En las noches de duendes sin caminos de gloria
se zurcen calcetines con los hilos del tiempo,
las mentiras se duermen en la boca de un sapo
y las palabras se funden en un baile de espejos.
Son regalos de un diablo que rebuzna pasiones.
Llegarán los gorgojos a recubrir la tierra,
sin respetar caminos ni a los hombres sinceros
que se han ido a la guerra en sus trajes de luto
celebrando la muerte para llegar al cielo.
Mientras salga el sol reinará un mentiroso,
Arrastrará su cola, enseñará sus dientes,
Su torva cabeza y su escama letal.
Devorará al hermano, La fe que nos impulsa,
El amor de la sangre y hasta el último altar.


Marco Antonio